lunes, 13 de diciembre de 2010


Los niños de Lomas

Salgo de Lima cruzando parques y piletas guachafas de colores, casas coloniales que tímidas se ocultan entre edificios blancos y acristalados.
No sé en qué momento cambia el paisaje, las calles se tornan grises, hay más carros y vendedores ambulantes. Los edificios ya no son altos y blancos. Las casas inacabadas terminan sus tejados con fierros acariciados por el aire, esperando ser terminadas. Cerros de colores con casas despuntadas en sus bordes y mercados rebosantes de puestos de frutas y carritos de chicharrones.
En el Km.34, a mitad de la Panamericana Norte está mi parada “Ovalo Zapallal”, curiosamente no veo ningún Ovalo. Sólo un puente de hierro une los dos asentamientos.
Tomo una combi y subimos por Huarangal… pasamos el cementerio, las minas y los basurales. Llegamos a Jerusalén Alto. Camino hasta el colegio. Allí, me esperan los chicos que al verme, me reciben con besos y abrazos.
Caminamos por los cerros, bajo el sol abrasador que cae codicioso sobre nuestras cabezas, llenos de tierra y sedientos, llegamos a la cúspide. Desde allí, se ve Lomas de Caravayllo, las casitas de adobe y ladrillo, hojalata y madera, se reparten entre sus lomas.
Tras las casas están las chancherías. El olor es insoportable. Entre las jaulas improvisadas los chanchitos llenos de barro y heces te miran desconfiados. Junto a ellos, viven Tatiana y sus hermanos.
Más abajo están las recicladoras, muchas son ilegales, y en ellas, algunos de los chicos trabajan para sacar algo de de plata o ayudar a sus familias. Me cuentan que hace unas semanas murieron dos niños de la comunidad, al incendiarse una de ellas.
Sientes el aire contaminado en tus pulmones, como te carga el pecho. Ellos lo saben.
“Esta es nuestra casa señorita, jugamos con la basura y tenemos los pulmones llenos de plomo”. Me dice Génesis. Sólo tiene ocho años… yo no recuerdo con ocho años ser tan consciente de nada.
Los cerros terminan en inmensas bajadas bajo las que se entierran metros de basura. Alto Jerusalén fue un desecho sanitario… aún se encuentran en ocasiones bártulos de hospital y otras cosas que no son muy agradables de mencionar.
Si alguien muere y lo entierran en estas tierras, nunca lo encuentran.
Las minas rodean las casitas, muchos acá viven del ladrillo. Entre ellos los niños.
Lomas de Caravayllo es un desierto, desierto poblado por personas que vinieron en busca de futuro. Muchos, son de provincia. Como una parada provisional, que con los años, se ha convertido en su hogar.
Los chicos, tienen un gran problema de identidad. Nunca serán de donde nacieron sus papas, tampoco serán nunca limeños. Ya se encargará la ciudad de dejar de lado a estos chicos “provincianos”.
Sólo en Lima, hay oportunidad de progresar. Cada día deben viajar dos horas hasta la ciudad. Entre el tráfico, el humo y los cláxones. Llegan cansados a su trabajo.
El Estado se encarga de su instrucción, no se preocupen que ahí está Alan y todos los chanchos que como él, abogan por la educación de los niños del Perú. No sea que aprendan demasiado y les de por armar una revuelta nacional. O quitarles los puestos de trabajo a los pitucos de san Isidro o Miraflores.
De verdad, nunca vi niños con tanto talento. Sus ganas de aprender y superarse son infinitas. Y el amor que regalan es gratuito. Sólo piden a cambio, que vayas cada fin de semana.
Regreso y en el camino, observo cómo cambia el paisaje. Llegamos a Lima, suben unos chicos con su skate y sus zapatillas de 300 soles. “Que mal repartido está el mundo” pienso.
Me acuerdo entonces de sus caras y sus inmensas sonrisas, me doy cuenta de que los niños de Lomas, no piden nada. Son felices con lo que tienen, siendo conscientes de lo que son. Orgullosos gritan al mundo que son personitas llenas de sueños y con tantas ganas de luchar que abruma.
Deseosa, espero que llegue cada fin de semana, pese al camino pesado y agotador hasta sus casas.

A.Benlloch

viernes, 3 de diciembre de 2010

Hermosa Olga

Olga es chiquita, pero muy fuerte. Tiene 50 años, y no deja demoverse por la casa. Le encanta reírse. Me cuenta que en la tierra donde nació, Ancash, al llegar la tarde del suelo salen en dirección al cielo estelas de color plateado y dorado. Depende de si lo que hay en la loma es plata u oro.
Ella dice que su mamá le contaba; cuando era niña cogían el oro del suelo, lo atrapaban con acero. Era parte de la tierra y la tierra les hacía regalos hermosos amarillos y brillantes.
“Mi tierra todita está llena de oro” Me dice, “mi mamá, sabía muchas historias del oro, pero ya no cuenta nada”.
Ancash es un plato suculento para las mineras deseosas de sangre. Mientras ellas se enriquecen con lo que pertenece a este pueblo, Olguita, sus hermanos y su mamá, deben abandonar sus hogares.
Me cuenta de su vida, y como el idioma y el color de la piel los marginaron entre su propia familia.
“Yo no tengo la culpa de haber nacido morenita, así era el color de mi mamá”.
No entiendo por qué alguien debe sentirse culpable por tener la piel de determinado color o hablar diferente idioma. No puedo evitar sentir rabia por todo el daño que hicieron mis antepasados y que dejamos aún latente en su pueblo.
Acá en Lima, todos son más bien paliditos. Yo también lo soy. Piel clara y cabello rubio. Soy una limeña más que se mueve por la ciudad sin problemas.
Yo recuerdo desde que tengo memoria, en España, la gente se vuelve loca quemándose la piel, tostandose bajo el sol en la playa o las piscinas o acudiendo todo el año a camas solares para quedarse anaranjadas. Es más “cool” si estás morena. Pero sin embargo, tanto allí como acá, ser morena porque la naturaleza así lo quiso, es signo de inferioridad.
No entiendo nada.
Al final comprendo, lo artificial es lo que único que vale.
Ser morena falsificada, ser rubia teñida, hablar castellano y no un “dialecto olvidado”, tener las tetas en silicona o andar en tacos de veinte centímetros para disimular la pequeña estatura.
Yo creo que Olga es hermosa. Por dentro y por fuera. De niña también tuvo que serlo, pero nadie supo verlo.
Acá en la gran ciudad, y en las grandes ciudades del mundo, los paliditos y aquellos que quieren serlo, se visten con el oro que roban de la tierras de Olga, y de otras muchas tierras de muchas Olgas.
Además de falsos, somos ladrones. Eso es lo único que interpreto.

A.Benlloch

viernes, 26 de noviembre de 2010


En otra vida fui marinero

Hoy descubrí que en otra vida fui un marino. Pasaba mis días sobre un bote de madera, surcando mares y océanos de todo el planeta.
No sé si me especialicé en la piratería, si fui un corsario asesino o un soldado de la corona.
Me gusta creer que sólo fui un aventurero en busca de fortuna.
En mi carta salió un estrella, la estrella que guía a los marinos. Y bajo ella decía -Viajando-.
"Estás condenada al viaje" me dice.
Mi corazón se agita y reclama libertad a cada instante, como un alma errante que examina el mundo, siempre inquieta, buscando.
Quizá por eso mi necesidad de mar, sentir su brisa y su olor a sal llenando mis pulmones. Quizá por eso nunca me mareé sobre un barco, porque mi espíritu ya estaba acostumbrado.
Fuí varón, también me salió en la carta. No me imagino barrigón, peludo y maloliente. Sé que fui un soñador, rapaz con ojo avizor, soliario, tenaz y obstinado.
En mis cartas salió un princesa, y un rey bastante enfadado.
Según parece, me enamoré perdidamente de su belleza, pusieron precio a mi cabeza.
Pasé la vida huyendo.
Fui un prófugo de la justicia, por eso ahora no puedo estar quieta. Dice que mi alma es fugitiva y así se explica mi apuro en la vida.
Fui un marinero que conoció el mundo entero, mi vida pasó entre navíos, mareas y puertos.
Mi piel se curtió por el sol, y mis manos eran ásperas y fuertes.
Luché en batallas justas, viví con los pigmeos en la selva y conocí a grandes personajes de la historia. Mi vida entera fue una aventura.
Ahora ya se de donde vengo, o al menos, es lindo creer que fui como los protegonistas, de mis novelas favoritas.
Ese fui yo. Marinero, soñador y aventurero.

A.Benlloch

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Miedo

Siempre pequé de ser excesivamente confiada, o al menos, es lo que me han repetido desde que tengo memoria. “No hables con extraños, mira bien con quien te mueves, no te fíes de nadie”.
De adolescente, infringí todas las leyes de los padres: Me subí a coches de extraños, hablé siempre con todo el mundo, fuí a lugares desconocidos donde me quedé con gente desconocida y por qué no, acepté caramelos de cualquier persona amable que se me acercara.
No digo que lo que hice estuvo bien, pero tuve la suerte de que nunca me pasó nada y quizá eso, me llevo a convertirme en excesivamente confiada. Aunque confiada o ingenua, siempre tuve mis límitaciones.
Cuando llegué a Lima me hablaron de la violencia y del peligro. Entre otras cosas, el peligro de subir a un taxi. Acá, a diferencia de otros países, cualquier persona puede manejar un taxi. Es más, las “licencias” las encuentras por 20 soles en el centro. Así que de un modo u otro te pasas el tiempo infringiendo la ley de cuando eras niño “nunca te subas con extraños”.
Todos los días quieras o no, te subes a un taxi exponiendo tu vida. No hay nada ni nadie, que te asegure que llegarás sana y salva a tu destino. Aún así, malas personas hay en todos los lugares del mundo, y uno, lógicamente, nunca piensa, que nos vaya a tocar a nosotros.
Nunca hasta ahora había vivido una situación de violencia en mi propio cuerpo. Ahora, se lo que sienten muchos cuando hablan del miedo. No hay peor sentimiento. Pero aún es peor, acostumbrarse a ello. En Lima, es normal tener miedo, si no lo tienes, estas muerto.
A mi no me gusta vivir con miedo, ¿a quién si? Yo nunca lo tuve, hasta ahora. Después de que un taxi nos raptara para que dos asaltantes compiches que le estaban esperando nos golpearan armados y de la forma más violenta posible nos robaran y nos dejaran psicologicamente hechos una mierda, ahora, si se lo que es tener miedo de verdad.
Otras veces sentí miedo: miedo a la oscuridad, miedo por una película, miedo a lo desconocido, miedo a una noticia triste, miedo a la pérdida de algo o alguien amado, miedo incluso a la verdad… pero este miedo, el miedo que genera la violencia, que genera la incomprensión, el miedo donde violan tu derecho a la vida misma. Ese, es un miedo inexplicable.
Yo no puedo sacar de mi mente la mirada de aquel tío que armado con un punzón se abalanzó sobre mí. Casi no puedo recordar su rostro, ni lo que llevaba puesto… solo tengo su mirada, acercándose desde fuera y abriendo la puerta del carro, como en una película vieja que se repite una y otra vez por mi memoria, sin dejar de atormentarme. Cuando ves una mirada así, te das cuenta de lo poco que vales para esa persona.
No es justo caminar por las calles y agachar la cabeza intentado pasar desapercibida, no es justo que como mujer, tenga que taparme porque ir sin chaqueta me expone a miradas desagradables, no es justo que a cierta hora no pueda ir por la calle porque soy carnada fácil de asaltantes o violadores. Tampoco que no pueda hablar ciertas verdades porque mis palabras puedan molestar a otros y exponerme, y no es justo que ahora, cada vez que miro a un taxista desde fuera, dude de su confianza como ser humano, piense lo peor de él o tenga terror de subirme a su carro.
Conocí a personas que apendieron a vivir escuchando tiros bajo su casa, sabiendo que una bala perdida o unas zapatillas llamativas podían quitarle la vida. Conocí a mujeres que aprendieron a vivir con el recuerdo de unas manos sucias tocando su entrepierna o tapando su boca mientras el mundo se derrumbaba con ellas. Conocí a personas que tuvieron que aprender a soportar las amenazas de aquellos que quieren quitarles sus tierras. He visto el terror en todas sus caras. Pero viven con ello y se adaptan.
Yo no quiero vivir así, con miedo. Nací en entre naranjas, petardos y tardes en la plaza.
La realidad también es otra, además de los abrazos y el cariño, también el mundo es un lugar jodido. Pese a todo, no quiero perder eso que siempre fue parte de mi, la ingenuidad de un mundo bueno y hermoso, habitado por gente llena de amor, pero sobre todo, no quiero aprender a vivir con miedo.

A.Benlloch

lunes, 15 de noviembre de 2010


Los reyes magos no existen

No me gusta la navidad. Es más, la detesto. Me saca de quicio empezar a escuchar los dichosos villancicos dos meses antes de que empiece toda la parafernalia. Los centros comerciales rebosantes de muñecos de papa Noel bailando con caras desquiciadas que me causan pesadillas, árboles con lucecitas que no dejan de repetir las mimas canciones una y otra vez. Bombardeos constantes de comerciales en televisión con juguetes cada vez más sofisticados (y mas caros). La gente como loca gastando dinero en cosas absurdas que regalar, y que luego quedan olvidadas en el armario.
Pero lo peor es, que resistirse a todo esto conlleva sentirte mal por ser la única en la familia que no ha comprado regalos para todos. Por mucho que defiendas tu posición, terminas quedando como una tacaña.
Lo que está claro, es que la navidad esta hecha para los niños… ignorantes y rebosantes de felicidad por toda la magia que desprende esta época del año, cuando eres niño, te importa un pito que naciera Jesús en esos días. Y quien chucha era Jesús para nosotros?
Yo recuerdo las navidades de mi infancia como los momentos mas mágicos del año, unos días que esperabas ansiosa durante 11 largos meses. Caminar por las calles iluminadas con luces de colores, cantar villancicos por las casas, los fiestones familiares el día de nochebuena con bailes y sorpresas, las ferias navideñas, los mercados, los disfraces, las comilonas, las matasuegras de año nuevo, el olor de las castañas asadas… pero lo mejor, sin duda, la noche de reyes.
Durante todo el año preparabas tu carta a los reyes magos, pocas veces tachando algo, pero siempre añadiendo mas cosas a medida que se acercaba el gran día.
Detrás tuyo los comentarios de los mayores siempre advirtiendo “si no te portas bien no te traerán nada los reyes más que carbón”. Uno no se da cuenta de cuan traumático puede ser para un niño pensar que hay unos seres que siempre te están vigilando y que siguen todos tus pasos.
Pese a todo, los reyes magos eran los seres mas mágicos y sobrenaturales que existían sobre la faz de la tierra. Tres extraños seres inmortales, que en una noche podían viajar por todo el globo terrestre entrando una por una a todas las casas, sin ser nunca vistos y dejar regalos que sacaban de una bolsa interminable.
Aunque ser niño e ignorante, no significaba ser imbécil. Cuando les preguntaba a lo mayores porque si los reyes eran tan mágicos y llevaban regalos para todos, habían tantos niños en el mundo que no tenían juguetes. No recuerdo una sola respuesta coherente a mis cuestionamientos.
La emoción de esos días y la espera incesante de la noche más mágica de todos los niños me hacía olvidar cualquier pregunta o duda que surgiera al respecto.
Nunca creí que esos reyes disfrazados en la plaza del pueblo sobre los que te sentabas, fueran los verdaderos magos. A leguas distinguías la barba postiza y el carbón de la cara de un blanco que fingía ser Baltasar, por cierto, mi rey favorito.
La noche del día 5 los nervios no me dejaban dormir, me metía en la cama junto a mi hermano y ansiosos, esperábamos que llegara la mañana del 6 para ver la sala colmada en regalos.
Los zapatos bajo el árbol, nunca supe para qué, un cuenco con agua para los camellos, galletas y leche para que los cansados y exhaustos reyes recuperaran fuerzas.
Al final el sueño me vencía por mucho que quisiera ser partícipe de su llegada.
Recuerdo las mañanas temprano, mi hermano y yo nos despertábamos de un salto y corríamos por el pasillo hasta donde se encontraban todas nuestras esperanzas. Un montón de regalos de todos los tamaños, con nuestros nombres dibujados “para Alba de Baltasar” en unas letras alargadas como las de un rey verdadero.
“Ya vinieron los reyes!” Gritábamos. Y ahí empezaba la mejor tarea de todas, romper a tirones el papel y empezar a vislumbrar las primeras letras de la caja donde aguardaba tu ansiado regalo.
Fueron buenas épocas aquellas… la navidad era maravillosa.
A los 8 años, mi vida dio un giro inesperado. Toda la magia, la inocencia que me había acompañado por años se vio de pronto pisoteada por el comentario desafortunada de una niña malcriada y sin corazón.
“Los reyes magos no existen, son nuestros padres los que dejan los regalos” aún recuerdo perfectamente el lugar donde me hizo partícipe de esa confesión tan terrible. No podía creerlo, discutí con ella con lágrimas de rabia en mis ojos justificando sus explicaciones en que ellos eran mágicos y con la magia todo se puede.
Pero los niños son demasiado inteligentes, me gusta pensar que en aquel entonces yo también lo era. Sentada sobre mi pelota de baloncesto, mi hermano, que para entonces ya hacía tiempo había pasado por esta traumática etapa, y mi madre, se encontraban en mi habitación. Tras dudarlo y pensarlo con detenimiento, me hice el ánimo y terminé preguntándole “mamá, es cierto que los reyes magos son los padres?” recuerdo como quedaron de pronto en silencio, mirándose entre ellos y balbuceando. Su primera reacción fue negarme lo evidente, pero ya poco podía hacer para devolverme la maravillosa ignorancia que me había colmado de felicidad todos estos años.
“Bueno, algún día debías enterarte, así es, los reyes magos no existen cariño, somos los papas”.
En ese momento sentí que una parte de mi infancia quedaba atrás y se alejaba de mi de la forma más dolorosa posible. Toda mi vida había sido un fraude. Los reyes magos, el ratoncito Pérez, David el gnomo… todos eran parte de una confabulación inexistente de la que ya nunca más iba a formar parte.
Darme cuenta de que ya no iba a ser inocente nunca más me rompió el corazón. Se que mis padres estaban felices al saber que ya no tendrían excusa para decir “no hijita ese regalo no que es muy caro y los papas no lo podemos pagar” claro, como ya no eran reyes, y mucho menos mágicos, terminaban por regalarte una imitación barata de lo que habías escrito en tu carta, ahora limitada a tres regalos por año.
Enterarme de esa verdad fue realmente desolador. Ya nunca más volví a ver la navidad tan mágica y misteriosa.
Con los años fue peor. Las tiendas, el dinero, la publicidad… lo más doloroso, era ver como el mercado se aprovechaba de los sueños y la ilusión de estos niños para exprimir económicamente a los padres.
Ahora se todo el esfuerzo que durante todo ese tiempo, tuvieron que hacer mis padres pidiendo prestamos para contribuir en la felicidad de unos niños que por años, creyeron ciegamente en el poder de la magia, la fantasía y la ilusión de una idea.
Sí, de hecho no me gusta la navidad, pero me encanta ver a esos enanos felices esperando ansiosos la noche con la que tanto han soñado.

A.Benlloch

miércoles, 27 de octubre de 2010

Manolo

No se cuantos años hace que murió mi abuelo.
Solo recuerdo que hacía calor. El teléfono de mi casa sonó y yo me eché llorando sobre mi cama. Era de madrugada.
Esa sería la primera vez que asistiría a un entierro.
Todo el mundo lloraba desconsolado, mientras observabamos como desaparecía el ataúd dentro de aquel agujero en la pared, con los restos del que había sido mi abuelo dentro.
Creo que yo lloraba al ver a los demás llorando. Es una reacción inevitable del ser humano... la tristeza de los demás, también era mi tristeza.
Alguna vez pienso en él, y me acuerdo de algunas cosas. Su despacho, situado en una pequeña habitación al fondo del pasillo de la casa, era mi atracción favorita cuando él no se encontraba.
Me gustaba abrir sus cajones, utilizar sus lápices y malgastar sus papeles dibujando garabatos o escribiendo arrítmicas poesías. Inexplicablemente, cuando murió, perdí el interés en todos esos bártulos que tanto me atraían.
A veces me llamaba para que llenara de agua su botella blanca de plástico con una extraña tapa que nunca llegó a funcionar. O discutíamos durante la comida por mis ideas “rojas” y revolucionarias, me llamaba “La Pasionaria”.
Lo recuerdo como una sombra bajo el umbral de la puerta velando como perro guardián los inquietos sueños de mi hermano y míos.
Los domingos, salíamos a pasear por algún lugar. Una de sus preferencias era el cementerio. Imagino que entre tanto silencio lograba olvidarse del mundo por un tiempo.
Se sentaba en la banca de la entrada con sus ducados en el bolsillo de la camisa y un librito de crucigramas en la mano. Prendía el primer pucho de una larga lista de cigarrillos, mientras mi hermano y yo salíamos en busca de lápidas excéntricas, fotos y nombres que resultaran conocidos.
Caminábamos por los espigados pasillos repletos de nichos, leyendo las palabras de despedida escritas por los familiares y contando los años de sus muertes a través de las fechas.
A esa edad, aún no me preocuba demasiado por el significado de la muerte, lo verdaderamente positivo que saqué de mis aventuras de ultratumba, fue que cuando llegara mi hora, prefería arder entre llamas como pecadora, que comida por gusanos nacidos de mi propia carne putrefacta.
Tras su muerte, nunca regresé a ese cementerio.
No podría decir como era en realidad el carácter de mi abuelo. Creo que nunca lo llegué a conocer de verdad. Tenía su modo de expresar su amor hacia mi y mi hermano.
Siempre asistió a todos mis recitales de danza, enmarcaba mis dibujos y me dejaba su vieja máquina de escribir con la compuse mis primeros ensayos.
Se que estaba orgulloso de mí, pese a nuestras peleas y discrepancias.

Yo recuerdo mi infancia como la más perfecta y maravillosa que podría haber tenido una niña. Pero los rostros de mis padres en las fotos de esa época me cuentan lo contrario.
La empresa familiar, tras muchos años de esfuerzo, se vio abocada al cierre. En 1989, año en que acabó la actividad, la empresa tenía cerca de un centenar de empleados. Fueron años muy duros. La decisión de cerrar, fue uno de los momentos más amargos en la vida de mi padre.
Nadie planificó llevar la empresa a la quiebra, la situación económica junto a las malas decisiones la llevaron a su clausura.
Quizá el error más grande que cometió mi abuelo, fue ser extremadamente generoso, hasta el punto de ser engañado por gente que quería.
Yo nunca tuve ocasión de preguntarle como vivió él aquella situación. Hablo más bien desde la ignorancia, pues hasta ahora, nunca fui capaz de preguntarle a mi padre, como fueron esos años y que es lo que realmente pasó.
Yo nunca le guardé rencor por sus herrores. Se que mi abuelo se equivocó de muchos modos, pero el verdadero amor está en saber perdonar.
Yo también me equivoqué con él. Pienso que otro modo de decir que nos quería, era dándonos dinero cada vez que íbamos a visitarle. Esta peculiar demostración de afecto se convirtió en una costumbre para nosotros y el regalo voluntario pasó a ser una exigencia por nuestra parte.
Ir a ver a mi abuelo, significaba sacar dinero.
Me gustaría decirle que lo siento, y que le quiero. Creo que nunca se lo demostré como debía. Aunque debo admitir que mis abrazos siempre fueron sinceros.
Cómo el tiempo y la distancia apaciguan los dolores. Uno aprende a vivir con la falta de un ser amado. Yo, me acostumbre a vivir sin mi abuelo.
Que extraño pensar en alguien que ya no está en tu vida, y hacia el que tienes sentimientos encontrados.
No sabría decir si echo en falta su presencia... hace ya tanto tiempo, que el corazón se acostumbra a vivir con ello.
Si tuviese otra oportunidad de verlo, me acercaría a él de otro modo, no se, le preguntaría más sobre su vida, sobre quién es él y si esperaba ser lo que es ahora. Le abrazaría más sin esperar nada a cambio. Y volvería a meterme en su despacho toqueteando de nuevo todos aquellos cachibaches que con tanto esmero cuidaba.
Recuerdo la primera vez que le ingresaron, le escribí una poesía para animarlo. Caminaba con una prótesis en la pierna. Yo nunca había visto algo parecido. A veces se la quitaba para estar en casa, y yo me quedaba mirando curiosa ese extraño muñón al que pronto se acostumbraron mis ojos.
No se que pensaría mi abuelo ahora. Me gustaría que la vida me hubiese dado algo más de tiempo a su lado. Puede que no estuvierámos de acuerdo en muchas cosas, pero, si hago memoria, estoy segura de que fue la persona que más me animó para seguir haciendo lo que me gusta; escribir.
Mi abuela solía cocinar paella cuando íbamos los domingos a comer a su casa. El siempre me preguntaba cuál era más rica, esa o la de mi padre. Mi respuesta siempre era la misma “la de mi padre”. Ya se que es lo primero que le diría si lo viera de nuevo: “yayo, la paella de mi papá sigue siendo la más rica, pero las habitas de la yaya, son inigualables”.
Se que fue un hombre complicado, y con un fuerte carácter. Pero a su modo, siempre amó a su familia y los mantuvo a su lado.
Por encima de todo, era mi abuelo, y con sus virtudes y defectos así lo quiero.

A.Benlloch

lunes, 25 de octubre de 2010


(A mi papá)

Como un gato solitario, emancipado
te recuerdo en la vieja salita llena de discos, el jazz de fondo sonando…
invadiendo el espacio en melodias transgresoras galopando a ritmo del corazón.
Tus dedos moviéndose camuflados sobre el destartalado sillón color teja. Ese era tu rincón.
Te veo en la vieja foto que tanto me gusta, junto a una guitarra matrona de utopías que se escapan.
En tus ojos presencio la noche vacía, por sus calles oscuras y húmedas caminan acordes a ritmo de blues en la madrugada.
Hombre de honor, miembro inaudito de la Cosa Nostra. Perro Viejo al que que no engañan.
Soldado de guerras que hicieron historia entre Anibal y Publio Cornelio Escipión (El Escorpión).
Caminas de noche, entras al bar pero no ves muchas caras.
Que pensarás?
Portador de sueños a sus espaldas. Te recuerdo de noche sentado sobre mi cama, hablando de todo, de nada. Complices de manías, de gestos y miradas.
Chamán y curandero, con tus ícaros cerrabas mis parpados consiguiendo que pesaran hasta el más profundo sueño.
Romántico idealista, que no se ha descubierto.
Silencioso y pragmático fiel amigo y bondadoso.
Genial ingenio y talentoso.
Genio grotesco si ha de serlo, codero con piel de lobo.
Gato soltario caminando en la noche, libre, radiante, solo.

A.Benlloch